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sábado, 31 de marzo de 2012

Diseñan código de barras que clasifica basura

CIO propone plantas específicas para manejo de tales desechos.


Frente a la acumulación de basura que aqueja a las grandes ciudades, y que ya ha sobrepasado en muchos casos la capacidad de lidiar con el problema, expertos de Centro de Investigaciones en Óptica (CIO) proponen etiquetar desde su fabricación y de manera digital todos los residuos inorgánicos para facilitar su recuperación.

El manejo de los residuos ha evolucionado y la operación de recolección y disposición final en rellenos sanitarios responde poco a la situación actual, ya que la cantidad aumenta, las características y composiciones de los materiales son diferentes, y las técnicas de tratamiento se diversifican.

De acuerdo con el maestro en ciencias Julio César Sánchez Roldán, experto del área de Desarrollo Tecnológico del CIO, el proyecto ambiental sugiere colocar, desde su fabricación, etiquetas a los productos que serán destinados al mercado y que al término de su vida útil puedan identificarse mediante este método.

Con las etiquetas, que cuentan un código, podría accederse a la información contenida en una base de datos pues mediante la función de “lector de código” se arrojará todo lo relacionado con el producto, como su composición, tipo de materiales, un plan de manejo del residuo, quién lo fabricó e incluso, diferentes consejos que deseen incluir.

Para llevar a cabo la operación, el titular del proyecto de este Centro de Investigación Conacyt comentó que hay una diversidad de etiquetas para elegir como las de código de barras o señalada; sin embargo, destacó que se puede colocar al residuo alguna alternativa de radio frecuencia similar a la que emplean al pagar de forma automatizada el peaje en las autopistas.

La opción tecnológica promete una fácil lectura para el uso de sistemas de recolección automatizados, por lo que “la presencia de esta medida accederá a mostrar información puntual en la decisión de clasificar la basura”, expresó Sánchez Roldán.

El investigador del CIO hizo énfasis en la idea de poner en funcionamiento “plantas clasificadoras” automatizadas que cuenten con la asistencia humana para tal fin, y bajo la idea de las “etiquetas de identificación de residuos” se obtendrán resultados favorables al separar la basura.

El maestro en ciencias Sánchez Roldán recordó que esta iniciativa surgió a partir de desarrollar una máquina seleccionadora de zanahorias, la cual separa el vegetal por tamaño, color, textura y daños; “en son de broma se consideró la idea de clasificar el cultivo mediante una etiqueta y vimos potencial para la basura”.

“La alternativa sólo podría echarse a andar si hay de por medio un acuerdo nacional entre todos los actores involucrados; tal es el caso del compromiso de los fabricantes al etiquetar el producto”, expresó el investigador.

El experto del CIO subrayó que: “Inscrito en este contexto, el manejo se aborda ahora desde una visión integral que reconocerá que los desechos son el resultado de la explotación y consumo de materiales empleados en la generación de bienes y servicios”.

De esta manera, la búsqueda de la sustentabilidad ha orillado a diseñar propuestas para aminorar la generación de residuos sólidos y su aprovechamiento a través de su valorización, agregó el maestro en Ciencias Sánchez Roldán.

Otra de las ventajas es que fomentará el ahorro de energía y la creación de empleos, al tiempo que buscará inculcar una cultura de responsabilidad en el destino de los residuos que son producidos y buscar confinarlos dentro de un sistema cerrado de producción, es decir, mediante “reciclaje y reutilización”.

El proyecto que dio pie a esta propuesta fue financiado por el Consejo de Ciencia y Tecnología del estado de Guanajuato, y ya se integró la solicitud de patente al Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial.

martes, 13 de marzo de 2012

¡No más alimentos a la basura!

Después de hablar con administradores de supermercados, panaderos, inspectores de mercados mayoristas, agricultores, ministros y políticos de la UE.


Thurn ha investigado la magnitud de este despilfarro mundial aunque los principales protagonistas sean las regiones más desarrolladas del planeta, Europa y Estados Unidos.

Después de hablar con administradores de supermercados, panaderos, inspectores de mercados mayoristas, agricultores, ministros y políticos de la UE, Thurn ha descubierto un sistema mundial de escandaloso derroche de alimentos, en el que todos participan.

Más de las dos terceras partes de este despilfarro, un 70% del total (más de 500.000 camiones al año) lo llevan a cabo los productores de alimentos y los supermercados, ambos por tiranía del mercado y antes de que los productos lleguen a la mesa familiar.

Sólo en Alemania, más de 20 toneladas de alimentos perfectamente comestibles se tiran cada año al contenedor. En Gran Bretaña van a la basura 484 millones de yogures sin abrir, 1,6 billones de manzanas sin tocar (27 por persona) y 2,6 billones de rebanadas de pan.

Y la cifra va en aumento…

La sociedad de consumo fomenta el hábito hedonista y caprichoso de comprar cada vez más, para tirarlo a la basura y volver a comprar.

Se pretende que los alimentos estén disponibles las 24 horas del día. Los supermercados tienen constantemente toda la gama de productos en oferta; el pan en las estanterías debe estar fresco hasta altas horas de la noche y las fresas en stock durante todo el año. Y con buen aspecto: una hoja de lechuga marchita, una patata agrietada o una mancha en una piña hace que esos alimentos sean retirados inmediatamente.

También hay que tener variedad de productos en casa y en abundancia, por si acaso se nos ocurre comer algo diferente a último momento, de capricho, aunque debamos tirarlo después a la basura sin haberlo consumido.

Los alimentos deben ser bonitos y de apariencia impecable: patatas de igual tamaño, tomates muy rojos, manzanas brillantes… Hacemos la compra sólo una vez a la semana para regresar a casa cargados de alimentos variadísimos que quizás no llegaremos a probar.

Este consumo desenfrenado hace que el mercado facture sumas prodigiosas, por lo que sigue tentándonos con patatas cada vez más perfectas, tomates más rojos y manzanas más brillantes…  

Cuanto más se tira, más se consume y más suben los precios.

Los supermercados retiran los productos que van a caducar antes de los seis días de su vencimiento, porque los clientes ya no los querrán y temen decepcionarlos y que dejen de comprar.

Y, por esa misma razón, los productores tiran el 50% de lo que producen a la basura o lo dejan pudrir en los campos, porque los intermediarios no les compran ni las patatas demasiado pequeñas ni las demasiado grandes ni las que tengan marcas, los pepinos torcidos (porque no caben en las cajas), los tomates no lo suficientemente rojos, etc, etc…

Sólo de pan se tiran 3 millones de toneladas al año en la UE, ya que se hornea un 20 % más de lo necesario a fin de que el cliente no vea los anaqueles vacíos o para no decepcionar al distraído que viene a comprar en el último momento.

Los agricultores, que saben lo que cuesta producir estos alimentos, detestan ese despilfarro. En el filme uno de ellos dice con sabiduría: “Todo lo que comemos está vivo, hasta una lechuga. La vida viene de la vida. Tirar alimentos es tirar vida, la vida de otros”.

Felicitas Schneider, del Instituto de Gestión de Residuos de Viena, Austria, una de las primeras en interesarse por este dispendio, afirma: “La gente no es consciente del dinero que desperdicia, en los hogares particulares se tira unos 100 kg de comida comestible al año, que les supone unos 400 euros y que representa un 30% del despilfarro global”.

Sin embargo, cada segundo que pasa muere de hambre un niño en el mundo…

Se calcula que con los alimentos que se tiran en las sociedades desarrolladas podría alimentarse tres veces a todos los hambrientos del planeta.

Pero eso no es todo. Nuestros hábitos de consumo salvaje no sólo son obscenamente injustos con el resto de los humanos sino que producen efectos nocivos en el medio ambiente y desastrosos sobre el clima mundial.

La agricultura devora enormes cantidades de energía, agua, fertilizantes y pesticidas. Se tala la selva tropical, con lo que se provoca un aumento de más de un tercio de los gases de efecto invernadero. A su vez, cuando la basura orgánica se pudre en los vertederos produce gas metano que envenena la atmósfera, con un impacto sobre el calentamiento global 25 veces mayor que el del dióxido de carbono…

A pesar de todo ésto, algo comienza a cambiar. Por lo pronto, estamos tomando conciencia de este derroche, el primer paso para evitarlo.

Y mucha gente está ya trabajando en ello: si pudiera salvarse solamente la mitad de la basura evitable ésto tendría el mismo efecto sobre el clima mundial que el quitar uno de cada cuatro coches de nuestras carreteras.

Organizaciones como los bancos de alimentos europeos trabajan para redistribuír parte de la comida deshechada a gente sin recursos, aunque les resulta materialmente imposible hacerse cargo de las toneladas de residuos comestibles que se descartan.

En Colonia, Alemania, se ha creado la organización Taste the Waste para combatir el derroche alimentario. Por todos lados proliferan los dumpster-divers (buceadores de contenedores), que reciclan alimentos para sí mismos o para otros.

Por su parte, los Freegans conforman un movimiento que propicia una vida basada en una limitada participación en la economía convencional y el consumo mínimo de recursos. En España la organización Basurillas.org induce al reciclaje de productos en general y de comida en particular.

¿Y qué podemos hacer al respecto nosotros, los ciudadanos de a pie?

Evidentemente, no podemos empaquetar el pan del día anterior y enviarlo a los niños famélicos del tercer mundo. Pero sí podemos evitar tirarlo a la basura y consumirlo en forma de tostadas, por ejemplo, con lo que evitaríamos que siga subiendo el precio del trigo hasta hacerse inaccesible a los países sin recursos.

Otros consejos: cuando se va al supermercado, no escoger los productos de atrás con la fecha más lejana de caducidad, sino consumir los de delante con fechas razonables; apoyar a los granjeros locales, para evitar en lo posible la cadena de distribuidores; adquirir sólo frutas y verduras de estación, con preferencia producidos localmente; comprar solamente lo que se necesita, dos o tres veces por semana para calcular mejor lo que de verdad se va a consumir.

Y, en cada aspecto de la vida, practicar la frugalidad, que solía ser la regla de oro de nuestros abuelos: consumir sólo lo imprescindible y reutilizarlo practicamente todo.

Cuando esto se haya hecho axioma en cada ser humano del planeta, sólo entonces, estaremos más cerca del mundo justo y sostenible con que todos soñamos.

martes, 24 de enero de 2012

Pagan por ver la comida que tiran los famosos

Una pareja de Cornualles, en el Reino Unido, creó un museo para mostrar los restos de alimento que, en sus visitas al café que dirigen, dejaron celebridades como el príncipe Carlos o reconocidos músicos. Y es un éxito.


El apetito por conocer a las grandes estrellas del espectáculo, el deporte y la realeza ha llegado a límites insospechados en los últimos años. Hubo quienes desembolsaron miles de dólares para adquirir, por ejemplo, una muela de John Lennon o el parche que usó John Wayne en una de sus películas. Pero esos curiosos coleccionistas tendrán, al menos, la garantía de que pagaron por algo que les durará un tiempo.

Ese fanatismo ha llevado a otros a comprar "recuerdos" menos perennes, como los restos que dejó Justin Timberlake de un pan tostado que consumió en algún lugar de los Estados Unidos. Y, como evidentemente existen muchas personas con esos intereses, no es de extrañar que se haya creado un museo con ese tipo de productos.      

Según BBC Mundo, Michael y Francesca Bennett apelaron a su vena artística para conservar una postal de la visita que, en su café, tuvieron del afamado fotógrafo de moda David Bailey. En lugar de guardar una foto del evento, decidieron recoger algunas migajas de su sándwich y colocarlas en una urna en forma de dedal. Y así comenzó todo.

Los dueños de The Old Boatstore, en el costero condado británico de Cornualles, han conservado sobras de comidas del príncipe Carlos, los músicos Steve Swindells y Peter Doherty y el director de cine Michael Winner, entre otras personalidades británicas.

"Es una instantánea sobre el tratamiento de la celebridad en la primera década del siglo XXI en Gran Bretaña. ¿Cuántas de estas figuras serán ampliamente conocidas en 50 años?", dijo a la BBC Bennett. "¿Qué tienes que hacer para alcanzar la fama duradera?", se pregunta.   

Winner, de quien se almacenan los restos de una tarta de limón que allí comió, definió la iniciativa como "una muestra maravillosa de la excentricidad británica".

Lo efímero y banal del "recuerdo" es señalado por especialistas para denotar las características culturales de la sociedad de comienzos de siglo XXI, que idolatra a algunas personas al punto de que los restos de sus alimentos sean considerados importantes.

En cualquier caso, el museo ha tenido sus resultados. "Estamos sorprendidos de que haya capturado la imaginación de tanta gente", dijo Bennett, quien subrayó que "gracias a Internet cuenta con seguidores a nivel internacional".

Pero la insólita empresa no tendrá demasiada vida. Como los hijos de la pareja se irán pronto de su casa, pondrán a la venta el café. Sus tesoros, sin embargo, no forman parte de la oferta.

Los Bennett quieren que su creación sobreviva de alguna forma, quizás integrando una especie de "museo de lo absurdo de Cornualles". "Es un pedazo de la historia social", dijo él. 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Bienvenidos a la isla de la basura

Cerca de 100 millones de toneladas de desechos flotan a la deriva en el océano, amenazando a la vida marina. El cúmulo de desperdicios forma un área casi equivalente al territorio de Chile, o dos veces el de Italia.


Cada año, en todo el mundo, se producen 100 millones de toneladas de plásticos. Un 10% termina en el mar. Así es como ha llegado a formarse el llamado trash vortex (vórtice de basura), un área de 700 mil kilómetros cuadrados ubicada entre los Estados Unidos y Japón y que puede llegar a tener, en promedio, 334 mil piezas de desechos por kilómetro cuadrado.

Esta masa inmensa de residuos fue descubierta en 1997 por el investigador Charles Moore cuando volvía de una competición de vela de Hawaii. "Cada vez que subía a cubierta para inspeccionar el horizonte, veía una botella de jabón, una tapa de la botella o un trozo de plástico flotando", contó por aquel entonces. "Aquí estaba yo, en el medio del océano, y no había ningún lugar al que pudiera ir que no tuviera plástico".

Fue él quien dio a conocer al mundo científico sobre los seis kilos de residuos plásticos que podían encontrarse en el norte del Pacífico por cada kilo de placton, el alimento básico de muchos de los organismos marinos.

La también llamada "sopa flotante" cubre 800 kilómetros de la costa de California, rodea Hawaii, y llega casi hasta Japón. "Los plásticos absorben contaminantes y liberan químicos, que van a parar al pescado que comemos", explicó el científico Marcus Eriksen, del centro de investigación marino Algalita.

Esta institución, fundada por Charles Moore, realizó en 2008 un estudio en el que descubrió que, de los 671 peces que analizaron, el 35% estaban contaminados. Más allá del peligro que eso puede representar para el ser humano, también se han encontrado cadáveres de pájaros que tenían el estómago lleno de tapas de botellas de plástico, cepillos de dientes, restos de jeringuillas y otros restos no biodegradables.

El problema, a juicio de Moore, es que la mayoría de los productos de plásticos se usan una sola vez y no existe un buen modo de que vuelvan al consumidor para que sean reciclados, por lo que estos residuos pueden terminar en el mar. Este oceanógrafo ha explicado cómo las corrientes submarinas han provocado que a lo largo de los años se concentren en el norte del Pacífico unos 100 millones de toneladas de basura, o dicho de otro modo, el 2,5% de todos los productos de plástico que se han elaborado desde 1950.

No deja de ser llamativo que el 20% de los residuos provengan de las mismas embarcaciones marinas que surcan los mares, mientras que tres de los países que generan parte de los desechos del norte del Pacífico son México, Australia y China, grandes consumidores y productores de residuos.

Debido a la salinidad de las aguas, la temperatura y sobre todo la escasez de viento, en el Pacífico Norte se ha creado una zona en la que las corrientes marinas apenas tienen movimiento. Esta área se llama Giro del Pacífico Norte y es la más grande de las cinco principales que existen en el planeta.

"Los vientos y las corrientes tienden a dirigir a la materia que flota en el agua hacia la zona central de baja energía del remolino", explica Greenpeace. Los trozos de plástico se degradan poco a poco con la luz del sol, se desintegran en minúsculos pedazos y así terminan en el estómago de aves y de todo tipo de animales marinos. El daño que hacen al ecosistema marino es incalculable, aunque la ONU lanza algunas cifras: cada año, mueren un millón de aves y hasta 100 mil animales marinos por tratar de deglutir residuos plásticos.

Semejante extensión de basura podría ser muy impactante sólo a simple vista, pero el plástico es transparente y la mayor parte de los residuos están justo debajo de la superficie, así que las fotos por satélite no podrían mostrar el horizonte de desechos que cubre el norte del océano Pacífico.

Soluciones, por ahora, no hay ninguna. El impacto medioambiental es extraordinario y las medidas para revertirlo deberían plantearse a largo plazo para ser sostenibles. Hay, no obstante, algunas iniciativas como la del Proyecto Kaisei, que estudia el detritus de los residuos para evaluar la posibilidad de transformarlos en algún tipo de combustible.

Esta institución, junto con otras organizaciones ecológicas, alertan del perjuicio medioambiental que conlleva la existencia de la isla de la basura, aunque no haya fotos impactantes y aunque no se perciba desde tierra adentro. Éste es un riesgo real del que no está excluido el ser humano.