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sábado, 14 de abril de 2012

El precio de alimentos se multiplica por más de cuatro del campo a tiendas

De esta forma, el diferencial entre origen y destino se moderó en marzo respecto al cierre de 2011, al pasar de 5,13.


El precio de los productos agrarios y ganaderos se multiplicó por más de cuatro desde su cotización en el campo hasta la venta al público en los establecimientos comerciales el pasado mes de marzo, según el Índice de Precios en Origen y Destino (IPOD) que publica COAG junto a UCE y Ceaccu.
   
De esta forma, el diferencial entre origen y destino se moderó en marzo respecto al cierre de 2011, al pasar de 5,13 en diciembre del pasado año a 4,33 el pasado mes, prácticamente similar al registrado en marzo de 2011, que se situó en 4,07.
   
En el sector agrícola, los márgenes más grandes se registraron en las cebollas (900%), la berenjena (770%), el repollo (707%), la coliflor (564%), los limones (529%), las manzanas (457%) y las aceitunas (456%).
   
El índice se situó en 4,68 en el caso de los productos agrarios, mientras que el de los productos ganaderos alcanzó en marzo el 3,02. En concreto, la carne de cerdo y ternera multiplicaron por 4,37 y 4,12 su precio de la granja al hogar
   
UCE ha solicitado un mayor control en el proceso de distribución y comercialización de los alimentos y, sobre todo, mayor transparencia que permita al consumidor saber dónde va esa diferencia y que permita al productor saber quién se beneficia en el camino del huerto a la mesa.

martes, 13 de marzo de 2012

¡No más alimentos a la basura!

Después de hablar con administradores de supermercados, panaderos, inspectores de mercados mayoristas, agricultores, ministros y políticos de la UE.


Thurn ha investigado la magnitud de este despilfarro mundial aunque los principales protagonistas sean las regiones más desarrolladas del planeta, Europa y Estados Unidos.

Después de hablar con administradores de supermercados, panaderos, inspectores de mercados mayoristas, agricultores, ministros y políticos de la UE, Thurn ha descubierto un sistema mundial de escandaloso derroche de alimentos, en el que todos participan.

Más de las dos terceras partes de este despilfarro, un 70% del total (más de 500.000 camiones al año) lo llevan a cabo los productores de alimentos y los supermercados, ambos por tiranía del mercado y antes de que los productos lleguen a la mesa familiar.

Sólo en Alemania, más de 20 toneladas de alimentos perfectamente comestibles se tiran cada año al contenedor. En Gran Bretaña van a la basura 484 millones de yogures sin abrir, 1,6 billones de manzanas sin tocar (27 por persona) y 2,6 billones de rebanadas de pan.

Y la cifra va en aumento…

La sociedad de consumo fomenta el hábito hedonista y caprichoso de comprar cada vez más, para tirarlo a la basura y volver a comprar.

Se pretende que los alimentos estén disponibles las 24 horas del día. Los supermercados tienen constantemente toda la gama de productos en oferta; el pan en las estanterías debe estar fresco hasta altas horas de la noche y las fresas en stock durante todo el año. Y con buen aspecto: una hoja de lechuga marchita, una patata agrietada o una mancha en una piña hace que esos alimentos sean retirados inmediatamente.

También hay que tener variedad de productos en casa y en abundancia, por si acaso se nos ocurre comer algo diferente a último momento, de capricho, aunque debamos tirarlo después a la basura sin haberlo consumido.

Los alimentos deben ser bonitos y de apariencia impecable: patatas de igual tamaño, tomates muy rojos, manzanas brillantes… Hacemos la compra sólo una vez a la semana para regresar a casa cargados de alimentos variadísimos que quizás no llegaremos a probar.

Este consumo desenfrenado hace que el mercado facture sumas prodigiosas, por lo que sigue tentándonos con patatas cada vez más perfectas, tomates más rojos y manzanas más brillantes…  

Cuanto más se tira, más se consume y más suben los precios.

Los supermercados retiran los productos que van a caducar antes de los seis días de su vencimiento, porque los clientes ya no los querrán y temen decepcionarlos y que dejen de comprar.

Y, por esa misma razón, los productores tiran el 50% de lo que producen a la basura o lo dejan pudrir en los campos, porque los intermediarios no les compran ni las patatas demasiado pequeñas ni las demasiado grandes ni las que tengan marcas, los pepinos torcidos (porque no caben en las cajas), los tomates no lo suficientemente rojos, etc, etc…

Sólo de pan se tiran 3 millones de toneladas al año en la UE, ya que se hornea un 20 % más de lo necesario a fin de que el cliente no vea los anaqueles vacíos o para no decepcionar al distraído que viene a comprar en el último momento.

Los agricultores, que saben lo que cuesta producir estos alimentos, detestan ese despilfarro. En el filme uno de ellos dice con sabiduría: “Todo lo que comemos está vivo, hasta una lechuga. La vida viene de la vida. Tirar alimentos es tirar vida, la vida de otros”.

Felicitas Schneider, del Instituto de Gestión de Residuos de Viena, Austria, una de las primeras en interesarse por este dispendio, afirma: “La gente no es consciente del dinero que desperdicia, en los hogares particulares se tira unos 100 kg de comida comestible al año, que les supone unos 400 euros y que representa un 30% del despilfarro global”.

Sin embargo, cada segundo que pasa muere de hambre un niño en el mundo…

Se calcula que con los alimentos que se tiran en las sociedades desarrolladas podría alimentarse tres veces a todos los hambrientos del planeta.

Pero eso no es todo. Nuestros hábitos de consumo salvaje no sólo son obscenamente injustos con el resto de los humanos sino que producen efectos nocivos en el medio ambiente y desastrosos sobre el clima mundial.

La agricultura devora enormes cantidades de energía, agua, fertilizantes y pesticidas. Se tala la selva tropical, con lo que se provoca un aumento de más de un tercio de los gases de efecto invernadero. A su vez, cuando la basura orgánica se pudre en los vertederos produce gas metano que envenena la atmósfera, con un impacto sobre el calentamiento global 25 veces mayor que el del dióxido de carbono…

A pesar de todo ésto, algo comienza a cambiar. Por lo pronto, estamos tomando conciencia de este derroche, el primer paso para evitarlo.

Y mucha gente está ya trabajando en ello: si pudiera salvarse solamente la mitad de la basura evitable ésto tendría el mismo efecto sobre el clima mundial que el quitar uno de cada cuatro coches de nuestras carreteras.

Organizaciones como los bancos de alimentos europeos trabajan para redistribuír parte de la comida deshechada a gente sin recursos, aunque les resulta materialmente imposible hacerse cargo de las toneladas de residuos comestibles que se descartan.

En Colonia, Alemania, se ha creado la organización Taste the Waste para combatir el derroche alimentario. Por todos lados proliferan los dumpster-divers (buceadores de contenedores), que reciclan alimentos para sí mismos o para otros.

Por su parte, los Freegans conforman un movimiento que propicia una vida basada en una limitada participación en la economía convencional y el consumo mínimo de recursos. En España la organización Basurillas.org induce al reciclaje de productos en general y de comida en particular.

¿Y qué podemos hacer al respecto nosotros, los ciudadanos de a pie?

Evidentemente, no podemos empaquetar el pan del día anterior y enviarlo a los niños famélicos del tercer mundo. Pero sí podemos evitar tirarlo a la basura y consumirlo en forma de tostadas, por ejemplo, con lo que evitaríamos que siga subiendo el precio del trigo hasta hacerse inaccesible a los países sin recursos.

Otros consejos: cuando se va al supermercado, no escoger los productos de atrás con la fecha más lejana de caducidad, sino consumir los de delante con fechas razonables; apoyar a los granjeros locales, para evitar en lo posible la cadena de distribuidores; adquirir sólo frutas y verduras de estación, con preferencia producidos localmente; comprar solamente lo que se necesita, dos o tres veces por semana para calcular mejor lo que de verdad se va a consumir.

Y, en cada aspecto de la vida, practicar la frugalidad, que solía ser la regla de oro de nuestros abuelos: consumir sólo lo imprescindible y reutilizarlo practicamente todo.

Cuando esto se haya hecho axioma en cada ser humano del planeta, sólo entonces, estaremos más cerca del mundo justo y sostenible con que todos soñamos.

martes, 28 de febrero de 2012

Antibióticos en los alimentos

El 80 por ciento de los antibióticos utilizados en EE. UU. se usan para tratar animales no para curar infecciones humanas. Peor aún, se calcula que el 83 por ciento de los antibióticos.


Los antibióticos son un componente esencial de la medicina moderna, pero el sobreuso de aquellos en la producción ganadera es innecesario y peligroso.

El 80 por ciento de los antibióticos utilizados en EE. UU. se usan para tratar animales no para curar infecciones humanas. Peor aún, se calcula que el 83 por ciento de los antibióticos provistos para el ganado del país son suministrados a rebaños enteros o grupos sin tener en cuenta si estos están enfermos o no.

¿Por qué se utilizan los antibióticos en animales de granja?

Desde la década de 1950, se volvió rutinario en muchos países agregar bajos niveles de antibióticos en el forraje o agua de aves, bovinos y porcinos sanos para acelerar su crecimiento y evitar infecciones en animales alojados en condiciones insalubres o aglomerados.

¿Por qué es problemático el uso de antibióticos en las granjas?

El uso profiláctico e innecesario de antibióticos en las granjas es el factor principal del aumento de bacterias resistentes a antibióticos y un riesgo a la salud pública.

El uso excesivo de antibióticos en las granjas y su suministro a animales sanos rinden ineficaces a los medicamentos que doctores utilizan para tratar enfermedades como la neumonía, amigdalitis e infecciones del oído en infantes.

Desafortunadamente, ahora contamos con menos antibióticos nuevos para reemplazar los que son ineficaces.

¿Cuál es el resultado de este uso profiláctico de antibióticos en las granjas?

Muchos estudios muestran que la carne y el pollo contienen una multitud de microorganismos resistentes. Por ejemplo, en un estudio reciente de las carne y los productos avícolas de cinco ciudades de Estados Unidos se encontró Staphylococcus aureus en el 47 por ciento de las muestras. El 96 por ciento de las muestras eran inmunes a al menos un antibiótico y el 52 por ciento eran inmunes a una gama de antibióticos.

Se estima que las infecciones resistentes a los fármacos les cuestan hasta 26 millones de dólares al año a los estadounidenses.

¿Cómo contribuye el uso de antibióticos en granjas a crear enfermedades resistentes a los fármacos en las personas?

Cuando los animales de granja reciben antibióticos en dosis demasiado bajas para matar todas sus bacterias infecciosas, las bacterias que sobreviven y progresan lo hacen porque son ya inmunes a las drogas. Al multiplicarse las generaciones de bacterias futuras heredan la inmunidad o resistencia al antibiótico.

Estas bacterias además comparten los rasgos que las hace inmunes a medicamentos con otras especies de bacterias lo cual conduce a la resistencia generalizada y a la creación de superbacterias.

¿Cómo se proliferan las bacterias resistentes?

De varias maneras.

Por medio de los alimentos: varios estudios han encontrado bacterias inmunes a los fármacos en las carnes, las aves y en los cultivos regados con agua contaminada por residuos animales. Las bacterias en los alimentos pueden causar contaminación en la cocina donde tienen contacto con cuchillos infectados, tablas de cortar, nuestras manos y otras superficies. De ahí se puede transmitir a otros.

Por medio del aire y el agua: la bacteria inmune a los antibióticos se ha encontrado en el agua potable cerca de instalaciones porcinas en tres estados (en EE.UU.) y se ha detectado en la dirección del viento que proviene de estas instalaciones.

Por medio de los trabajadores: el personal que trabaja en ganadería puede accidentalmente acarrear bacterias inmunes a los antibióticos en su ropa, sus cuerpos y sin saberlo, contaminar a sus familias, amigos y comunidades.

Fuente: ONDA VERDE

lunes, 23 de enero de 2012

Comer se está haciendo peligroso

¿Por qué cada vez que compramos un alimento lo miramos con mayor desconfianza? Nunca antes en la historia de la Humanidad había existido un sistema de control sanitario y de calidad más estricto. Nunca antes se tenía la seguridad de su trazabilidad, su viaje comercial desde el lugar de producción al de consumo. Nunca antes todos estos certificados, normas, leyes y análisis se habían universalizado, globalizado. Y nunca antes habíamos tenido tanto miedo con lo que comemos.


 ¿A qué se ha debido este cambio de actitud? Sin duda se trata de una reacción natural, instintiva, ante los efectos de lo desconocido. Porque también nunca antes la comida había dejado de ser un producto biológico natural para convertirse en un compuesto químico o transgénico de dudosos límites industriales. Ya no nos fiamos de adjetivos publicitarios tan manidos como artesanal, “de la abuela”, casero o tradicional empleados en productos repletos de aditivos, conservantes, colorantes, potenciadores y reductores. Desconfianza lógica pues somos conscientes de su falsedad. Nada es lo que parece. Ni las manzanas están tan sanas como manzanas ni blanco y en botella significa necesariamente leche.

Y así estamos todos (o casi todos) neuróticos, releyendo varias veces las etiquetas de todo lo que compramos, valorando su sustentabilidad, su procedencia, su sinceridad. No sé ustedes, pero la compra diaria se ha convertido para mí en un terrible ejercicio de concentración y difícil equilibrio entre lo que quiero comprar, lo que debo comprar y lo que puedo comprar.

La solución está en la pequeña agricultura agroecológica de cercanía, en los grupos de consumo, en la apuesta por los productos locales, los ecológicos y los tradicionales. La única certificación seria para lograr una alimentación sana, justa y de calidad.