domingo, 6 de mayo de 2012

¿De qué hablo con mi jefe en el ascensor?


Las coincidencias en el elevador provocan uno de los silencios más incómodos que se conocen. En ese breve viaje con el supervisor, el empleado puede pasar inadvertido, lanzar su carrera... o echar todo a perder. Los rascacielos neoyorquinos lo saben mejor que nadie.

Dicen que la culpa de que haya tantos lustradores de zapatos en las calles de Nueva York es sólo de los ascensores. Generan un incomodísimo silencio, que se vuelve insoportable cuando es escenario de un encuentro fortuito con un desagradable compañero de trabajo. O más aún si es con un jefe imponente. Ante estas incómodas situaciones, magnificadas en Nueva York por la altura de sus rascacielos, no hay mejor remedio para evitar un cruce de miradas que inclinar la cabeza y contemplar los pies propios y ajenos. Así que unos zapatos brillantes son toda una carta de presentación.

Es uno de los trucos del código de conducta y etiqueta sobre la forma de comportarse en un ascensor que ha desarrollado Nueva York. Una ciudad en la que los largos viajes en el elevador dejan inservible el clásico “qué buen día hace hoy” aunque sea 10 de agosto, o el típico “ya queda menos para el fin de semana”, válido de martes a viernes.

Pistas

Esas frases, además de dar una imagen banal al jefe, no rellenan el ascenso de las más de 50 plantas de cientos de edificios de oficinas, como la torre de Bank of America, la de Bloomberg, la de Trump, General Motors, Time Warner o la de Times Square. Ni mucho menos cubren los infinitos silencios de los 77 pisos del Edificio Chrysler, los 102 del Empire State Building ni los 104 que tendrá el nuevo World Trade Center.

De ahí que Manhattan, sabedor de que una vez desatada la charla obvia e intrascendente sobre el clima no hay quien la pare, haya desarrollado sus propias leyes, dando una buena batería de pistas a quienes se sientan incómodos en estas situaciones. Y también a aquellos que deseen aprovechar al máximo el encuentro con un superior y ofrecer la mejor imagen.

La primera regla de oro que han aprendido generaciones de empleados neoyorquinos es no examinar nunca a los acompañantes. Si no se quiere dirigir la mirada al suelo, se puede hacer a la puerta del ascensor. La segunda regla es juntar las manos con los brazos caídos, y sobre todo, mantener una distancia razonable con el resto de personas y evitar dar la espalda, escogiendo un sitio pegado a la pared del elevador.

La última norma, también esencial, es no hablar por teléfono, pues se considera una auténtica falta de educación. Sí es válido, y además es un consuelo cada vez más extendido dentro de ese par de metros cuadrados, pegar los ojos a la pantalla del teléfono móvil.

Hasta aquí el código de conducta tradicional, válido para empleados tímidos o introvertidos. Para los demás, los gurús norteamericanos dan entrada a un concepto muy estadounidense: el elevator pitch.

La táctica, que surgió hace cerca de un lustro, se basa en aprovechar ese encuentro fortuito con el jefe en el ascensor para presentarse a uno mismo a modo de anuncio publicitario o vender esa gran idea que puede lanzarte al estrellato. Esa elaborada ocurrencia que siempre ha pensado que puede dar un giro a su carrera.

Puede parecer una idea muy simple, pero esconde detrás todo un arte que desarrollan los cursos de entrenamiento a emprendedores. También las grandes compañías norteamericanas, como General Electric, desarrollan seminarios sobre esta técnica. A todos ellos se les enseña a vender una idea de negocio a un inversor en una conversación de entre 10 y 30 segundos, simulando el encuentro en un ascensor.

‘Control de destino’

Si aún no ha empleado esta técnica, puede estar a punto de perder la oportunidad de recibir toda la atención de su jefe. Es lo que está pasando en Nueva York. Los directivos, hartos de tanta presentación espontánea, están exigiendo la instalación de unos nuevos ascensores que permiten a los ejecutivos de alto rango viajar en un elevador separado del personal no jerárquico, como sucede en el centro de negocios de Manhattan, y en entidades como Bank of America.

Son un paso más respecto a los ascensores que ya hace años que triunfan en Nueva York. Mediante un sistema llamado “control de destino”, el empleado selecciona un piso en un tablero electrónico, que le remite a un elevador específico que le lleva casi directamente al lugar elegido. Sin esta tecnología, bromean los gurús, el aluvión de elevator pitchs en EEUU habría obligado a los jefes a dejar el gimnasio y subir cada mañana por las escaleras.

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